FRAGMENTO DEL LIBRO PRIMERO “LA PRUEBA DE LOS DIOSES”

Capítulo 2

LUCES EN EL CIELO

 

No hay constancia de cuándo fue, pero ese pueblo iba a ser testigo de un suceso que cambiaría para siempre sus vidas y las de sus descendientes.

Al Sur de las grandes Llanuras Centrales, emergía una frondosa selva que se extendía hasta donde alcanza la vista, allí las precipitaciones eran constantes y la humedad muy alta, estas dos condiciones propiciaron el desarrollo de numerosas especies de animales y plantas. Esas regiones eran atravesadas por un caudaloso río cuyo nacimiento nunca se pudo ubicar, surcaba los verdes valles entre montañas, sobre esas fértiles regiones se irían asentando diversas culturas con el paso de los años.

Hacía ya mucho tiempo que se había convertido en el hogar de los Kerakua, una antigua tribu procedente de las Llanuras Centrales; eran corpulentos, con una tonalidad de piel rojiza menos intensa que otras tribus del centro, que huyendo de los conflictos con los temidos Turuk encontró refugio en la espesura de la selva. La vida allí iba a ser muy diferente a la de sus hermosas praderas. No tardaron en conocer los secretos que se escondían tras esa vegetación. Nunca dejaron de querer estar vinculados a su territorio original, por este motivo vivían desde hacía siglos en la frontera con los amarillentos prados.

Próximos a ellos, hacía años, llegados de los fríos bosques del Norte, se asentó la primera colonia de cazadores blancos, alejados de sus tierras por el mismo enemigo. Establecieron contacto con los Kerakua, con los que poco a poco fueron entablando buena relación, pese a ser culturalmente distintos.

Allí ambas etnias encontrarían la pretendida paz que durante años les había sido esquiva.

Las dos tribus tenían un líder, los Kerakua tenían un anciano y sabio jefe, conocedor de las más ancestrales tradiciones, pero era Nog, el líder de la colonia de cazadores el que tenía el respeto de todos, incluidos los Kerakua. Nog, trajo avances en de todas las áreas, medicina, cultivos, construcciones… Nadie sabía el origen de tal conocimiento, hacía mucho tiempo que se ganó la confianza de todos. No era un guerrero, sino más bien un guía espiritual lleno de humanidad, siempre se esmeraba en mantener buenas relaciones con su tribu vecina a la cual apreciaba como a la suya propia.

En la colonia de cazadores, seguía conservándose la misma forma de subsistencia, los hombres partían en cacerías que llegaban a durar días, atravesaban la selva buscando grandes presas como los jabalíes, jaguares y otros animales peligrosos, mientras las mujeres se dedicaban a la recolecta de plantas y frutos silvestres. Los más jóvenes, dependiendo de la familia, eran instruidos únicamente en las tradiciones de su pueblo, aunque lo común era recibir enseñanzas en los conocimientos y tradiciones de las dos culturas allí presentes, su lenguaje, su manera de cazar, de luchar, etc., para más tarde, al alcanzar la madurez, ser introducidos en las cacerías de grandes animales siendo ese el momento en que se les considerara hombres; mientras, les estaba prohibido adentrarse en el bosque solos.

En aquella época, durante la primavera, al ocultarse el Sol, el cielo era envuelto en un oscuro manto de bellísimas luces de una intensidad increíble. La presencia de una supernova en el horizonte estelar junto a la hermosa Luna, le otorgaban todavía mayor esplendor a las noches. Tan estremecedor espectáculo invitaba a los humanos a soñar, a preguntarse qué serían todos esos puntos blancos que pintaban el cielo, quizás fue en esas noches estrelladas cuando el ser humano empezó a «hacerse preguntas» sobre su existencia.

En la aldea, un grupo de jóvenes se juntaban de noche cerca de las colinas para cazar animales nocturnos, eran amigos de diferentes etnias. Vivían conscientes de los peligros que la noche tenía, pero eso no les coartaba a la hora de hacer lo que más les gustaba, una práctica que no contaba con la aprobación de sus padres.

Durante las largas esperas entre cacerías, mientras aguardaban a que fuera el momento adecuado, conversaban acerca de las cosas que les preocupaban a los jóvenes de su edad, casi siempre era para fanfarronear sobre sus capturas o para criticar alguna decisión de los adultos. La vitalidad de los muchachos era asombrosa, durante aquellas noches apenas dormían una hora, pasando el tiempo hablando entre ellos y divirtiéndose.

De todos, había uno que era especialmente apasionado y se le distinguía por hacer preguntas constantemente, era el joven Berz, un muchacho de tez blanca y corto cabello rubio, siempre inquieto y preguntón. No pasaba una sola noche que no se sintiera estremecido por la majestuosa belleza de la bóveda estelar que resultaba tan familiar para él, ese conocimiento lo recibió de su maestro Nog. Gracias a él, supo que las luces del cielo no eran fijas y que dependiendo de la época del año habría diferentes agrupaciones de ellas. Esa noche era primavera y el cielo les obsequiaba con la visión de un grupo de siete estrellas azules muy juntas, dando lugar a una bella estampa estelar.

Cada noche de caza partían con ilusión, solían quedar cuando reinaba la Luna llena para tener mayor visibilidad, en silencio se reunían en un árbol a la salida del poblado, iban armados con pequeños arcos y lanzas realizadas por ellos mismos, siendo efectivas únicamente contra pequeños mamíferos o algún reptil. Las presas capturadas se las llevarían al día siguiente para mostrarlas orgullosos a los Kerakua que sí aprobaban sus escapadas nocturnas, estos veían con buenos ojos la emancipación de los jóvenes en la cacería, pensaban que así curtirían su carácter.

Se ataviaron con sus ropas para la ocasión, como cada noche de caza, copiando a los adultos se ponían protecciones en los antebrazos y piernas, incluso alguno de ellos portaba un hacha que a escondidas había sacado del arsenal de su padre.

La noche iluminaba majestuosamente un largo sendero que se adentraba en las faldas de las montañas que conformaba el valle donde se ubicaba la aldea. Subiendo hasta las zonas más altas, tras un duro camino hasta la cima, se accedía a otra región donde emergían grandes y espigados árboles que querían rozar el cielo, a sus pies la caza era abundante, sobre todo pequeños animales.

Todos los muchachos tenían un árbol en el que se situaban a esperar a sus presas, aunque ninguno apreciaba su árbol más que Berz, desde ahí tenía la mejor vista de todas, allí arriba se sentía cerca del misterioso firmamento que tanto le gustaba.

Como cualquier noche, Berz se acercó al tronco que ya conocía de memoria; su silueta, sus marcas; era de fuertes raíces y frondosas ramas que parecían invitar a subir por ellas. Lo respetaba igual que a un ser vivo, intentando siempre no romper nada de su corteza. Ese amor por las plantas y árboles se lo transmitió Nog, aunque en este caso, fueron las largas noches observando el cielo y lo feliz y relajado que se sentía cobijado en sus ramas lo que lo encariñó especialmente con él.

Dejó su arco a un lado mientras se colocaba cómodo apoyado en la misma rama de siempre. Aquella noche no tenía muchas ganas de cazar, más bien de observar la fantástica luz que desprendía la supernova. Nog constantemente le decía que las luces del cielo indican siempre algo importante.

La noche pasaba sin mucha acción, los demás compañeros permanecían en silencio mientras esperaban una presa que se adentrara en su campo de visión, aunque Berz, ajeno a lo que pasaba debajo de él, había caído dormido. De repente una luz atravesó el cielo a toda velocidad, emitiendo un fuerte sonido similar al del fuego consumiendo la leña pero con mucha mayor potencia, una larga estela de fuego se adentró en el firmamento. El muchacho despertó de inmediato, no podía creérselo, nunca había visto algo semejante, parecía que ese objeto iba a impactar con la tierra, pero algo extraño empezó a suceder, lejos de aumentar su velocidad, este objeto fue reduciéndola hasta desplazarse a ritmo constante. Su color no era blanquecino, sino anaranjado, sea lo que fuere, no era algo habitual. El joven Berz gritó aterrorizado, el resto de amigos que estaban pendientes de la caza, también giraron su vista hacia el cielo. Esa luz anaranjada se iba haciendo cada vez más grande al igual que su intensidad. El muchacho se asustó, lo cual hizo que perdiera el equilibrio y cayera desde lo alto del árbol, su espalda se golpeó con varias ramas hasta que el suelo frenó en seco su caída. Un dolor le recorrió su brazo derecho y su torso, seguramente tenía fracturada alguna costilla. Intentó gritar pero únicamente emitió un sonido agónico, abrió los ojos dispuesto a pedir ayuda a sus compañeros, pero percató que eso iba a ser en vano, todos los jóvenes se quedaron en silencio observando fijamente al cielo, era un panorama sobrenatural. La luz naranja se trasladó lentamente hasta posarse dentro de la atmósfera terrestre, parecía una nueva estrella en el firmamento, su tamaño era el de una cuarta parte de la Luna, el objeto era tan brillante que ahora dominaba el panorama celeste, su luz comenzó a cambiar apareciendo algunos destellos azulados.

Los humanos hacía ya mucho tiempo que se habían acostumbrado a ver luces que se desplazaban dejando una estela, pero ésta era diferente, había llegado muy despacio y estaba detenida en mitad del cielo, su presencia era poderosa, era algo hipnótico.

Dos de los jóvenes recogieron a su compañero herido, los demás salieron corriendo asustados sin mirar atrás, deseosos de compartir con los demás lo sucedido.

El camino no era largo, pero el terror que les causó aquel fenómeno los hizo correr sin rumbo fijo, llegando alguno de ellos a olvidar el camino de vuelta. Mientras, a Berz lo llevaban entre dos de sus mejores amigos pacientemente al sendero que les conducía al poblado, los que salieron corriendo dejaron atrás todos los utensilios y las presas conseguidas esa noche, no había tiempo para nada más, cuando lo sobrenatural se hace presente, sólo prevalece el instinto de supervivencia.

Cruzaron el tupido bosque de fuertes árboles selváticos, un paraje hermoso para admirar, pero eso no importaba, la aldea se hallaba muy cerca y tenían que informar de lo ocurrido. Tras subir la colina, justo al lado del río que atravesaba el pequeño valle, se encontraba su poblado. Se extendía formando una pintoresca estampa en la selva dando la sensación de estar mimetizado con el entorno. Hacía mucho que esas chozas fueron levantadas, consiguiendo un color verdoso en la madera idéntico al de la selva.

Los jóvenes llegaron con los nervios a flor de piel, sabían a quien dirigirse, sería el sabio Nog, quien quizás les daría las respuestas que necesitaban oír.

 

 

 

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